Principios ecológicos para la concepción del paisaje.

¿Cómo puede el diseño paisajístico ayudarnos a (re)conectar las ciudades con la naturaleza?
Cuando hablamos de diseño paisajístico, solemos pensar primero en jardines bonitos, árboles, flores y espacios agradables. Pero el paisaje es mucho más de lo que nuestros ojos pueden ver.
El paisaje se configura a través de los ciclos de la naturaleza: entre el agua y la tierra, las plantas y los animales, el clima y las ciudades, y las personas y los lugares que habitan. También alberga recuerdos, historias y diferentes formas de vivir y relacionarse con un territorio.
Esta es la perspectiva que se explora en el libro (Re)Connected City , que presenta siete principios para reflexionar sobre el paisaje. Más que reglas de diseño, nos invitan a cambiar nuestra forma de ver los espacios donde vivimos.
Una especie de invitación a reconocer que el diseño del paisaje también se trata de (re)conectar .
1. El paisaje forma parte de un sistema vivo e interconectado.
En un paisaje, nada existe realmente por sí mismo.
Un árbol, por ejemplo, puede parecer simplemente un árbol. Pero si lo observamos con más detenimiento, nos damos cuenta de la cantidad de relaciones en las que participa: proporciona sombra, influye en la temperatura, ayuda a que el agua se infiltre en el suelo, da cobijo a los animales, sirve de hogar a las aves, sustenta miles de hongos esenciales para un suelo sano, produce materia orgánica y puede transformar una calle en un lugar más agradable simplemente gracias a la sombra que proporciona.
Así funciona el paisaje: cada elemento forma parte de algo más grande.
Pensar en el diseño paisajístico de esta manera implica comprender que una plaza, un jardín o un parque no termina exactamente donde termina el proyecto. Continúa a través de las relaciones que crea con su entorno, el suelo, el agua, la vegetación y, sobre todo, las personas.
Reconectar con el paisaje implica observar estas relaciones, estas dinámicas continuas y en constante cambio.
2. El paisaje sigue los ciclos de la naturaleza.
El paisaje está en constante cambio.
Las plantas crecen, florecen, dan fruto y pierden sus hojas. La lluvia transforma la tierra. La luz cambia a lo largo del día. Las estaciones modifican los colores, los aromas y las formas del jardín.
Por este motivo, un paisaje no tiene por qué entenderse como algo completamente acabado o estático.
En el diseño paisajístico, podemos aprender a trabajar con el tiempo en lugar de contra él. Elegir una planta también significa elegir acompañar su ciclo, su floración, su crecimiento y sus transformaciones.
Un jardín puede verse diferente en enero y en julio. Eso no significa que haya dejado de funcionar. Al contrario: significa que está vivo.
El High Line de Nueva York se presenta en el libro como un ejemplo de paisaje diseñado para acompañar estos ciclos naturales.
Reconectar es también aceptar que el paisaje está siempre en transformación.
3. El paisaje influye en el clima y el confort.
El diseño paisajístico también tiene que ver con el clima.
Un árbol no solo embellece una calle. Proporciona sombra y ayuda a reducir la sensación de calor. Su suelo permeable permite la infiltración del agua. La vegetación contribuye a mejorar las condiciones ambientales de un lugar.
En las ciudades, esta relación cobra aún más importancia.
Rodeados de hormigón y asfalto, los árboles, los jardines, las zonas permeables y el agua pueden ayudar a crear espacios más confortables y mejor preparados para responder a las condiciones climáticas.
El libro también presenta antiguos oasis y jardines persas como ejemplos de cómo diferentes culturas han utilizado la relación entre la vegetación, el agua y el espacio para crear entornos más agradables.
Esto demuestra que utilizar el paisaje para mejorar el confort no es una idea nueva. Es un conocimiento que se ha desarrollado con el tiempo. Reconectar la ciudad con la naturaleza también implica permitir que la naturaleza participe del confort de la ciudad.
4. La naturaleza despierta los sentidos y promueve el bienestar.
El paisaje no es solo algo que miramos.
Se puede sentir, y se puede sentir de muchas maneras diferentes a lo largo del año.
Podemos percibir el aroma de una flor, la textura de una hoja, el sonido del agua, el movimiento de los árboles, la sombra en un día caluroso o incluso el sabor de la fruta recogida en un jardín.
Por eso el diseño paisajístico puede crear experiencias. Es una práctica que puede involucrar todos nuestros sentidos.
Un lugar puede hacernos bajar el ritmo, recordarnos otro sitio, despertar un recuerdo o simplemente brindarnos unos momentos de bienestar.
Los jardines zen japoneses y los jardines de Claude Monet en Giverny, presentados en el libro, muestran diferentes maneras de crear relaciones sensoriales con el paisaje.
Cuando pensamos de esta manera, nos damos cuenta de que diseñar un jardín no se trata simplemente de elegir plantas bonitas. Se trata de preguntarse qué sentirán las personas en ese lugar .
Reconectar con la naturaleza también significa volver a sentirla.
5. La biosfera es una fuente de inspiración.
¿Y si, en lugar de intentar enseñar a la naturaleza a funcionar según nuestras costumbres, aprendiéramos de ella?
La naturaleza ha dedicado millones de años a acumular conocimientos y a encontrar maneras de adaptarse, ahorrar energía, lidiar con el calor, gestionar el agua y crear relaciones entre diferentes organismos.
Observar estos procesos puede ayudarnos a encontrar nuevas soluciones para los espacios que construimos.
Esta es la idea que hay detrás de la biomímesis: tomar a la naturaleza como fuente de inspiración.
El Eastgate Centre en Zimbabue es un ejemplo de un edificio cuyo sistema de ventilación se inspiró en el funcionamiento de los termiteros.
En el diseño paisajístico, esta perspectiva también puede transformar nuestra forma de concebir el espacio. En lugar de buscar soluciones que ignoren los procesos naturales, podemos observarlos y trabajar con ellos.
Reconectar es también aprender a ver la naturaleza como una maestra.
6. El paisaje forma parte de la cultura y la identidad de las personas.
Cada paisaje cuenta una historia y está conectado con las prácticas culturales de personas de todo el mundo. Una plaza puede guardar recuerdos de encuentros. Un árbol puede formar parte de la memoria colectiva de una comunidad. Una plantación puede representar generaciones de trabajo. Una flor incluso puede impulsar una economía, como lo han hecho los tulipanes en los Países Bajos, donde la flor se convirtió en parte de la historia económica y cultural del país. Un jardín puede transmitir tradiciones y formas de vida.
Por eso, el diseño paisajístico no puede separarse del lugar.
Antes de transformar un paisaje, es importante comprender lo que ya existe allí: su historia, su gente, sus costumbres, sus recuerdos y su relación con el territorio.
La región vinícola del Alto Duero en Portugal es un ejemplo de esta relación. Sus viñedos, terrazas, senderos y prácticas agrícolas se han ido forjando a lo largo de generaciones y forman parte de la identidad del territorio.
En este sentido, el diseño paisajístico también consiste en cuidar las historias que ya existen.
Reconectar es reconocer que cada lugar tiene una identidad y que el paisaje ayuda a contar esa historia, para que no se pierda ni se borre mediante procesos de gentrificación.
7. La (re)conexión contribuye a ciudades más saludables.
Los seis principios anteriores nos llevan a una idea más amplia: el paisaje puede formar parte de la solución a muchos de los desafíos a los que se enfrentan las ciudades.
Cuando comprendemos que el paisaje está vivo, sigue ciclos, influye en el clima, promueve el bienestar, puede enseñarnos y transmite cultura, comenzamos a ver el diseño del paisaje de manera diferente.
Los jardines de lluvia, los sistemas de drenaje biológico, los humedales, los corredores ecológicos, los árboles urbanos y los espacios públicos pueden contribuir a abordar problemas como el calor excesivo, las inundaciones, la pérdida de biodiversidad y la falta de lugares de reunión para las personas.
Pero la idea no es simplemente añadir más espacios verdes a la ciudad.
Se trata de (re)conectar la ciudad con los sistemas naturales a los que siempre ha pertenecido.
Una nueva forma de ver el diseño paisajístico
Estos principios nos invitan a reconsiderar una idea muy común: que la naturaleza está de un lado y la ciudad —o la civilización— del otro.
La ciudad también forma parte de la naturaleza.
Un jardín no es meramente decorativo. La vegetación puede ser infraestructura y tecnología. Un espacio verde no tiene por qué ser una isla aislada; puede formar parte de una red más amplia.
Pasamos de un paisaje que simplemente ocupa espacio a un paisaje que se relaciona con él, donde la estética puede tener un propósito aún mayor: crear una sensación de asombro.
Y quizás esta sea una de las ideas más importantes detrás de la (re)conexión.
El diseño paisajístico no se trata solo de embellecer los lugares.
Se trata de crear relaciones.
Entre las personas y la naturaleza. Entre la ciudad y sus sistemas vivos. Entre la memoria y el lugar. Entre lo que ya existe y lo que aún puede crecer.
Reconectar es comprender que en realidad nunca estuvimos separados.

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